ANTE LA ECONOMÍA NEOLIBERAL, LA VIGENCIA DE LA IDEA MARXISTA DE CIENCIA.

José Ovidio Álvarez Rozada – Mundo Obrero.

Los economistas de observancia neoliberal, y toda la pléyade de periodistas y analistas políticos abonados a esta línea ideológica, presentan sus observaciones y recetarios como contenidos científicos, por tanto, incuestionables; como análisis derivados del estudio empírico de la realidad económica, ajenos a cualquier contaminación ideológica, de la que serían presa todos sus críticos (que quedarían así desactivados como interlocutores válidos), y ante los que cualquier reticencia sería un mero sentimentalismo, propio de quienes no entienden que es necesario hacer sacrificios y renuncias, en aras de una futura prosperidad.

Privatización de servicios básicos y sectores estratégicos, iniciativa privada, desregulación financiera, control del déficit, austeridad… Son algunos de los artículos de fe, ¡perdón!, de los requisitos que la ciencia económica –una determinada escuela económica, en realidad- plantea para una gestión científica de la economía y de la sociedad. Y cuando, en el fragor de una crisis desatada por el estallido de una burbuja financiera, la aplicación de tales medidas redunda en un aumento del desempleo, en un estrangulamiento de la actividad económica general, al tiempo que, ¡oh, casualidad!, se produce un incremento de los beneficios del gran capital y una expansión de la deuda pública de los países europeos, derivada de la socialización de pérdidas del sector privado, los científicos neoliberales nos indican que hay que redoblar la dosis del jarabe. “¡El cadáver miente!”, parecen clamar tecnócratas de tan luminosa ejecutoria como Luis de Guindos: el que antes de fraile ayudó a quebrar Lehman Brothers.

En realidad, esa pretendida asepsia de la técnica económica, como muy bien recordaba Rafael Correa en una de sus entrevistas para CNN, encubre la abstracción de las relaciones de poder. Un ocultamiento de los intereses de clase que laten en el discurso tecnocrático; el cual, revistiéndose del ropaje de ciencia, busca contraponer sus pretendidas verdades a la esfera de la acción política, para llevar adelante una política, desde estructuras transnacionales como la UE o el FMI y mediante el control de la palanca de los aparatos estatales, sustraída a cualquier control ciudadano.

Y es en esta coyuntura, donde el pensamiento de Marx y Engels, expulsado junto con otras corrientes molestas de las facultades de economía, vuelve. Y vuelve, entre otras muchas cosas, porque alzó una concepción crítica de la ciencia, del conocimiento, cimentada sobre la idea de praxis, abrevada en la Filosofía Ilustrada, y a su través en la historia del Pensamiento Occidental. Una teorización de la ciencia confrontada a la visión positivista, que tantas veces ha brindado a los bloques de poder legitimaciones del orden social y de su proceder: darwinismo social, geneticismo… Una idea de ciencia que nos recuerda que el conocimiento muchas veces se enfrenta al sentido común, a lo aparente: “si las cosas fueran como parecen ser, la ciencia entera sobraría”. Que conocer no es describir lo que se ve, sino negar los fenómenos, lo inmediato, para captar lo que no se ve: el orden de relaciones que determina los fenómenos. Que no se puede describir meramente la realidad, porque toda descripción supone unas asunciones teóricas que hay que elucidar para no caer en posiciones ingenuas o acríticas. Que la propia realidad, y particularmente la realidad del ser social, no es algo puramente dado, sino algo que se nos da y que nosotros estamos permanentemente transformando a través de nuestra actividad social e histórica.

Tratemos de exponer someramente esa idea de ciencia.

 Marx y Engels caracterizaron su propuesta de transformación política como Socialismo Científico, en contraposición al Socialismo Utópico de Saint Simon, Owen o Fourier. Pretendían remarcar con ello que no se trataba de una crítica de orden moral, derivada de la constatación de las deplorables condiciones de vida de la clase trabajadora; sino del reconocimiento de una racionalidad en los fenómenos políticos, que permitía aprehender los mecanismos que regirían los cambios históricos, y reconocer unas líneas de quiebra, contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, en virtud de las cuales, a la clase trabajadora le correspondería una capacidad revolucionaria sobre las estructuras políticas capitalistas.

Esta apelación y esta idea de ciencia difiere sin embargo de la del chato empirismo positivista, en el que se apoyan los planteamientos neoliberales. Éstos pretenden hacer una descripción de los fenómenos económicos, sustanciados en la gestión de bienes escasos. Centran su atención en la inmediatez de los intercambios y las relaciones de compraventa, amputando la esfera de la distribución de bienes y servicios del marco de la producción, y de las relaciones de dominación política por el que se halla mediada. En consecuencia, consideran tales intercambios como algo referido plenamente al ámbito subjetivo; a la capacidad de los sujetos para comprar y vender según una pauta de maximización del beneficio que juzgan incrustada en la misma naturaleza humana. Resuelven de esta forma las relaciones económicas, siguiendo aquí apegados de forma acrítica a planteamientos del Liberalismo Clásico, en relaciones biológicas y espontáneas, que han de ser liberadas de los corsés derivados de las estructuras políticas, que coartarían la capacidad de los sujetos, introduciendo disfunciones en un orden capaz de autorregularse.

Frente a esto, Marx y Engels señalaron la imposibilidad de entender cabalmente cualquier fenómeno, sea el valor de las mercancías, las características biológicas de un determinado organismo…, o cualquier esfera de la realidad, la Política, la Economía…, si no se la considera en el marco de sus interacciones, en el contexto de una totalidad concreta, en la que se incardinen de forma compleja toda una serie de ramas heterogéneas vinculadas dinámicamente. Alzaron de esta forma una concepción de la actividad científica que remite siempre desde lo concreto: lo inmediato, fenómenos que se nos dan a la intuición sensible en el curso de nuestra actividad en un determinado ámbito; a lo abstracto: las leyes generales que rigen el metabolismo de la totalidad y dan cuenta de los fenómenos, pero que deben ser siempre precisadas como las relaciones efectivas de los elementos concretos en su evolución. Inseparable, por tanto, de ellos. La actividad científica quedaba así como el juego dialéctico recurrente de lo concreto y lo abstracto; que es, a un tiempo, el método de conocimiento de la realidad y la captación del movimiento efectivo de la misma. Una suerte de espiral ascendente dominada por relaciones de contradicción, que suponen la destrucción de las diversas estructuras del mundo, organizaciones políticas, ecosistemas… y la ulterior aparición de nuevas configuraciones sobre la bases de las antiguas. Una concepción dinámica de lo real, que Engels, en su Dialéctica de la Naturaleza, vendría a entender como una recuperación de viejas intuiciones del pensamiento clásico sobre la base de la reflexión acerca de las implicaciones de desarrollos científicos como la Termodinámica, la Teoría de la Evolución o la Teoría Celular.

Ahora bien, para entender en su verdadera dimensión la concepción de la ciencia de Marx, y el alcance de su revolución teórica, debemos precisar que sus desarrollos están presididos por la categoría del Ser Social. Una totalidad que vertebra la vida humana en su globalidad, incluyendo las diversas formas de actividad intelectiva, y que se halla nucleada por la idea de producción.

La producción de los medios de su existencia material, sería para Marx la actividad característica y definitoria de los seres humanos como especie; y asimismo la condición de posibilidad de cualquier sistema social.

En tanto que materialistas, Marx y Engels subrayaron la condición orgánica y animal del ser humano. Como tal, éste deberá desenvolverse en unas condiciones geográficas y climáticas; deberá actuar, colaborativamente, dada su condición de animal social, sobre su entorno para lograr su subsistencia física. Pero la forma en que lo hace, la forma en que ha desarrollado, en el curso de su evolución, una relación característica con su entorno y sus semejantes: el trabajo, funda un nuevo orden de realidades que desbordan cualitativamente las categorías biológicas y las relaciones ecológicas.

El trabajo se caracteriza por ser una actividad vital consciente; esto es, una actividad que implica una representación de los fines que se persiguen, y que requiere para ello del lenguaje doblemente articulado, de los procesos comunicativos humanos, del bagaje conceptual que se adquiere únicamente a través de los procesos de socialización. El trabajo supone transformar en el entorno no mediante una mera actividad trófica, sino mediante una actividad mancomunada, intencional y finalística.

El trabajo supone el desbordamiento evolutivo de los meros marcos biológicos (un salto dialéctico) para ponernos frente a un género de realidades que son ya de orden histórico cultural. Ahora bien, el plano biológico y el plano histórico-cultural no se enfrentan como dos reinos independientes. Las dinámicas histórico culturalmente, capaces en su propio desarrollo de sobrepujar las relaciones naturales, transformando radicalmente los entornos, produciendo nuevos organismos mediante las prácticas de cría, cultivo y selección artificial, son ellas mismas también naturales. Marx y Engels han tematizado dialécticamente las relaciones entre estos dos órdenes, avanzando una serie de intuiciones, asentadas sobre un sólido conocimiento de las ciencias de su periodo, que han sido corroboradas en buena medida por los desarrollo de la Paleoantropología, la Psicología… Por un lado, los factores culturales ligados a la producción (véase Del papel del Trabajo en la transformación del Mono en Hombre, de Engels; y, como referencia moderna, La Mano de Wilson), principalmente el desarrollo de la industria lítica y el control de la tecnología del fuego, junto a la complejización de las estructuras comunicativas, han jugado un papel primordial en la propia evolución del ser humano como especie. Pero además, la producción implica también la producción de los individuos a escala subjetiva; los sujetos conforman sus expectativas, sus necesidades, su sexualidad según los parámetros definitorios de su contexto histórico y cultural; se representan su mundo y se les hacen patentes las contradicciones políticas que animen al mismo a partir de los sustratos ideológicos y morales de su tiempo. Su propio cuerpo, con su dotación genética, se desarrolla en interacción con unos parámetros ambientales que son en gran medida culturales, así como por unas pautas de actividad determinadas por la extracción social.

Vemos pues que el desarrollo de las sociedades humanas implica una involucración en grado creciente de los momentos cutural y natural. Que ambos ámbitos no pueden considerarse meramente superpuestos, como pretenden los esquemas simplistas en que se cimentan los enfoques neoliberales. En este sentido, en La Ideología Alemana señalaban Marx y Engels (quizá de manera poco afortunada) que realmente sólo existiría una ciencia, la ciencia histórica, en la cual, incardinados en un desarrollo abrupto, se compondrían los planos natural y cultural. No se trataría de plantear un reduccionismo metodológico, a la manera del Neopositivismo Lógico con la Física, sino de apuntar que los diversos ámbitos de la realidad, roturados por diferentes saberes en virtud de la praxis humana, se componen compleja y asimétricamente, jugando un papel dispar en la evolución de los sistemas sociales.

El ser social involucra una serie de esferas de carácter biológico, socioeconómico o político, fundadas ontológicamente sobre el primado existencial de la producción. Pero esta prioridad no implica un monismo causal, ni un mecanicismo, en los que frecuentemente desmaya el marxismo vulgar.

 Ya hemos aludido a la condición de actividad vital consciente del trabajo. La conciencia implica un dimensión representativa, de autoaprehensión, en la cual a los sujetos se las hacen patentes a través de sus marcos conceptuales e ideológicos (de manera nebulosa, por tanto), toda la diversidad de relaciones en que se hallen involucrados. De esta forma, la conciencia no es una sustancia que pudiera radicarse en el cerebro, de manera reduccionista, sino que nos pone ante el aspecto reflexivo de la subjetividad que se nos ofrece como la contraparte de la praxis humana, en su sentido manipulativo. La conciencia es el plano teórico, a escala personal, individual, reflexivizado, que supone toda actividad práctica.

Arribamos de esta forma a otro aspecto central de la idea marxista de ciencia: la intederpendencia dialéctica entre teoría y praxis; la vindicación del lado activo de la conciencia. La praxis histórico social supone, en su vertiente productiva, una manipulación técnica, mediante herramientas o máquinas, de los contenidos del entorno. Un entorno roturado por las generaciones precedentes, en el marco de unas relaciones de producción que se sobreponen a los sujetos, a pesar de que resultan de su propia actividad. Y es en el contexto de la manipulación, de la intervención, donde se nos presentan los diversos fenómenos de las categorías de la realidad: los fenómenos de fermentación, de evaporación…

No observamos el mundo meramente por mor de un afán de conocimiento, sino que la base de nuestro conocimiento está en la necesidad de configurar la realidad a través de nuestra actividad subjetiva para reproducir nuestra existencia.

A través de nuestra praxis se nos revelan toda la serie de propiedades de los contenidos que conformamos, que consignamos como legalidades y que establecemos como verdades en tanto que posibilitan la realización de predicciones, la fijación de una serie de relaciones recurrentes que sirven de arranque para ulteriores actividades transformadoras, y que se validan en sus resultados efectivos. Es decir, se fija aquella idea que Marx expondría en Las Tesis contra Feuerbach, según la cual la verdad de una proposición no es algo teórico sino práctico.

Todas las categorías comienzan siendo categorías sociales: referidas un ámbito de praxis, y a las teorizaciones y formas de conciencia que lleve aparejadas. El conocimiento no puede ser entendido, como quedará patente al hilo de los desarrollos científicos de los Estados Modernos y de la Revolución Industrial, como una actividad contemplativa, un mero reflejo del mundo externo dado; sino que compromete una intervención permanente sobre el mundo circundante, en la cual éste queda configurado y reorganizado. A modo de ejemplo, el fenómeno del agua que sólo podía ser elevada por bombas de vacío a una altura de 10 metros, desató una serie de cuestionamientos técnicos que llevaron al descubrimiento dela presión atmosférica. Y esta intervención supondrá desarrollar programas de investigación, vías de composición de los materiales, que tomarán cuerpo como ciencias una vez que operen una inversión dialéctica, por la cual, los contenidos del campo de trabajo, siempre realimentados con la tecnología, con los procedimientos…, comiencen a definir un sistema de legalidades características.

 Hemos mostrado cómo Marx y Engels postularon una idea de ciencia vehiculada por la idea de actividad práctica, que implicaba la conjugación de la teoría / praxis, y que supone que todo conocimiento parte de una actividad. Que las categorías “naturales” y culturales se concatenan, en la teorización marxista, no en un sentido meramente conceptual sino efectivo.

Pero en definitiva, la pretensión que rige el sistema de pensamiento de Marx y Engels, es el desarrollo de la autoconciencia y la libertad humana. Alzar un sistema de conocimiento que diluya las fantasmagorías, fetichizaciones y engaños motivados por la estructura de nuestras relaciones sociales, para plantar el pie en las reglas que gobernarían los procesos políticos, y poder ponerlas a nuestro servicio, posibilitando que todos los sujetos dispongan de las condiciones materiales para realizar sus fines personales.

Los humanos hacemos nuestra propia historia, pero no la hacemos a voluntad. Estamos prendidos en unas relaciones de dominación, de división del trabajo, de desigualdad, que se nos imponen como un poder extraño. Para disolver ese poder y apropiarnos verdaderamente de nuestro destino haría falta no un mero ejercicio pedagógico y doctrinal, sino una transformación efectiva de las relaciones de producción que lo engendran.

Bibliografía:

–        F. Engels, Dialéctica de la Naturaleza, BibliotecaVirtual UJCE

–       F. Engels, El papel del Trabajo en la transformación del Mono en Hombre, Ayuso, 1974

–      F. Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la Filosofía Clásica Alemana, Biblioteca Virtual Espartaco, 2000

–        F. Engels, Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico, Marxist Internet Archive, 2000

–        Eric Hobsbawm (coord.), Historia del Marxismo, Bruguera, 1979

–        G. Lukács, Marx, Ontología del Ser Social, Akal, 2007

–        K. Marx, El Capital, Akal, 2000

–        K. Marx, Contribución a la Crítica de la Economía Política, Marxist, Internet Archive, 2000

–        K. Marx, F. Engels, La Ideología Alemana, Grijalbo,1974

–        J. Muñoz (comp.) Marx, Antología, Península, 2002

–        A  Schmidt, El concepto de naturaleza en Marx, Siglo XXI, 2011

La Hora del Pincho no se identifica necesariamente con los contenidos publicados, excepto cuando son firmados por el propio blog.

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