ME DUELE LA IZQUIERDA.

A continuación reproduzco el artículo que me publicaron en el número 3 de la revista EL SOMA. Quiero aclarar que los cambios producidos en gran parte de la izquierda asturiana hoy día acerca del impuesto de sucesiones me harían reescribir en otro sentido el título y artículo.

En este artículo voy a hacer dos confesiones. La primera es que soy de izquierdas. ¿Qué le vamos a hacer? Es cierto que, aunque en ocasiones esta tara ofrece satisfacciones morales y alegrías inesperadas, en otras provoca fuertes dolores intestinales. Me viene a la cabeza un fenómeno conocido como el síndrome del miembro fantasma: cuando a alguien le amputan, por ejemplo, un brazo, sigue sintiendo sensaciones propias del miembro desaparecido, como si siguiese existiendo. A veces pica, o se tiende a utilizarlo, mecánicamente, para usos convencionales como agarrar un tenedor o mover el ratón del portátil. Quizá es lo que me pasa con la izquierda, que parece que sigue ahí pero, cuando uno va a echar mano de ella para defender la progresividad fiscal, de repente se encuentra con un fantasma que sólo responde al eco de determinadas inercias.

Por lo general, la gente de izquierdas nos reconocemos pasándolo pipa mientras defendemos los derechos LGTBI en el Desfile del Orgullo, o reclamando la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Coincidimos cuestionando el centralismo más reaccionario frente al reconocimiento de lo propio y reclamando que la Iglesia no reciba subvenciones, no adoctrine a los estudiantes o no se cuele en los úteros de las mujeres. Ser de izquierdas te regala la oportunidad de señalar a la derecha más casposa con el dedo de la superioridad moral. Y todo eso mola. Pero hay ocasiones en las que la izquierda duele. Especialmente, cuando toda esta cosmovisión solidaria y combativa se enfrenta a los intereses particulares. Porque ser de izquierdas está fenomenal cuando sale gratis, pero en el momento en que pensamos que nos puede afectar al bolsillo la cosa cambia. Aunque sea falso. Un buen ejemplo de esto es el debate que se ha generado en Asturias sobre el Impuesto de Sucesiones y Donaciones.

Resulta llamativo que, un impuesto que afecta a la minoría más pudiente de la región, se haya convertido en un asunto de emergencia nacional. En Asturias se ha creado una plataforma de afectados por este impuesto que ha recogido más de 100.000 firmas para suprimir este tributo. El segundo tributo directo que más recauda en nuestra comunidad.

Este impuesto, según datos de la Consejería de Economía del Principado de Asturias, lo paga menos del 5% de las declaraciones de herencias por línea directa (de padres a hijos, de abuelos a nietos…) que se realizan en Asturias. No hace falta ser físico cuántico para deducir que el 95% de las declaraciones por herencias por línea directa no lo pagan. Entonces, ¿por qué tanta alarma?

El Impuesto de Sucesiones es muy jurídico, de los más complicados que hay, porque, además de saber de fiscalidad, hay que tener conocimientos de derecho civil. Tiene una normativa densa y su liquidación tiene tantas vicisitudes que se hace de difícil comprensión para el ciudadano de a pie. No es mi intención explicar su estructura de liquidación pero sí resaltar algunos aspectos generales. En primer lugar, es de los que más tienen en cuenta las condiciones personales de los contribuyentes: tiene en cuenta el grado de parentesco, el patrimonio preexistente del heredero, la vivienda habitual, la empresa familiar, las discapacidades, la edad del contribuyente, los adoptantes y adoptados. Incluso es más progresivo que el IRPF. Y está bien que sea así, porque cada herencia es un mundo; no hay dos iguales.

A pesar de todas las consideraciones que tiene el impuesto hacia las situaciones personales es cierto que en ocasiones se dan casos que, por no estar previstos en la ley, dan lugar a situaciones injustas que a mí, como a todos, nos llenan de indignación. Estas situaciones, aunque injustas y que deben ser corregidas a la mayor celeridad, son las que hemos visto en los medios de comunicación, y se encuentran entre el 15% de las personas que liquidan por línea directa e indirecta.

Hasta hace poco, en Asturias, existía una bonificación del 100% en cuota si la base imponible de la herencia era inferior a 150.000 euros por heredero. Esto quiere decir que un matrimonio casado en gananciales con dos hijos podría dejar en herencia a sus dos hijos bienes por valor de 600.000 euros sin que éstos pagasen un solo euros. Esto se debe a que, tras la muerte de uno de los progenitores, primero se heredaría el 50% de la sociedad de gananciales y cada uno de los hijos tendrían un margen de hasta 150.000 euros para beneficiarse de la bonificación. Luego, cuando falleciese el otro cónyuge, se transmitiría el restante 50% y tendrían de nuevo la posibilidad de aplicarse la misma bonificación. En total 600.000 euros sin tributar. Desde hace unos meses esta bonificación no es de aplicación porque se ha implantado una reducción para los primeros 200.000 euros. Lo que hace que en la familia que ponía como ejemplo se puedan transmitir bienes por valor de 800.000 euros sin pagar. Está pactado, entre PP y PSOE que, a partir de abril, esta reducción se incremente a 300.000 euros. Lo que haría que el matrimonio del ejemplo pudiese transmitir bienes por valor de 1,2 millones de euros a sus hijos sin tributar nada.

Se dice que es un impuesto que sangra a las denominadas “clases medias” (incluyendo dentro de esta categoría a la clase trabajadora). A mí me gustaría saber en qué están pensando las quienes piden la supresión del impuesto. ¿No se dan cuenta de que si aceptamos que un matrimonio que tiene más de un millón de euros de patrimonio pueda ser considerado de clase media estamos a la vez diciendo que los partidos que llaman al rescate ciudadano o que denuncian emergencia social están haciendo demagogia? ¿De verdad pensamos que un matrimonio medio de trabajadores en Asturias tiene más de un millón de euros de patrimonio que dejar en herencia? ¿Acaso conocemos la realidad de los trabajadores de nuestra región?

Los detractores de este impuesto han sido muy hábiles a la hora de aprovecharse de los bajos conocimientos fiscales de la gente corriente. No es lo mismo pagar por el Impuesto de Sucesiones que pagar por heredar. Pagar por heredar incluye al Impuesto de Sucesiones (si tienes la suerte de estar entre el 5% que lo paga) pero también incluye pagar notario, registros, costas judiciales y el Impuesto sobre el Incremento de Valor de los Bienes de Naturaleza Urbana. Este último impuesto, conocido como plusvalía, es municipal, se paga al ayuntamiento de turno cada vez que hay una transmisión de un bien inmueble. Y sí, éste se paga en casi todos los casos. No es difícil entender que haya gente que meta en la misma cesta todos los gastos de los trámites de asociados a una herencia y piense que pagó sucesiones.

A pesar de todo lo que he dicho, todavía me queda el argumento estrella de todos los detractores del impuesto: la matraca de la doble imposición. Si me dieran un euro por cada vez que he oído eso de la doble imposición yo mismo le pagaría la liquidación del Impuesto de Sucesiones a la familia Masaveu y me sobraría para pagar unas sidras a los que estén leyendo esto. Lo de pagar dos veces por lo mismo es, simple y llanamente, falso. Para entender el error de los que sostienen la doble imposición hay que entender que los impuestos pueden ser reales o personales. Los reales son los que tienen en consideración la capacidad contributiva de las cosas, y los personales lo que tienen en consideración la capacidad contributiva de las personas. El Impuesto de Sucesiones es personal, porque lo paga la persona que recibe ese flujo de renta, y ésta sólo paga una vez. Que tus padres hayan pagado su IBI o su IRPF, vale. Pero lo pagaron ellos, no tú. Tú vas a pagar (si estás entre el 5% de afortunados que más heredan) por un flujo de renta lucrativa. Si este argumento lo extendemos al resto de impuestos de nuestro abanico fiscal significaría que no tendríamos que pagar IRPF, porque el dinero que recibimos viene de una empresa que ya ha pagado su Impuesto de Sociedades. O que no tendríamos que pagar IVA, porque ya hemos pagado IRPF. Y así nos encontraríamos con que todos los impuestos son doble imposición. Acabaríamos quitando los impuestos, en consecuencia desaparecerían los servicios públicos y pasaríamos a la llamada asignación individual de costes. Esto es, que cada uno se eduque, cure y se mantenga con sus capacidades individuales.

Ahora, tengo que hacer la segunda confesión que indicaba al inicio del artículo: no sólo me duele la ausencia, es que además no soporto a la gente de izquierdas que carga contra el Impuesto de Sucesiones. Amigos, ¿en qué momento se nos jodió la brújula? Es un impuesto que estadísticamente no afecta a la clase trabajadora. El 95% de los declarantes por línea directa no pagan. Si bien es cierto que las grandes fortunas tienen cierta capacidad para esquivar su tributación (cosa totalmente inaceptable), la mayor carga impositiva recae sobre la pequeña burguesía y los grandes patrimonios, que alimentan este movimiento popular reaccionario contra el Impuesto de Sucesiones. Esta gente se lía la manta a la cabeza cuando hay que pagar impuestos para financiar servicios públicos que ellos no utilizan y luego se la quitan cuando hay que salir a la calle a luchar contra los recortes hacia esos mismos servicios públicos. El brazo amputado de la izquierda quintacolumnista le está haciendo el trabajo sucio a personas con las que no comparte intereses de clase. La pequeña burguesía se va a marcar un “sinpa” en nuestra cara y encima les aplaudimos.

Este movimiento contra el Impuesto de Sucesiones ya está hablando de que su siguiente objetivo será la plusvalía municipal y el impuesto del patrimonio. Se trata de un movimiento anti-impuestos y pretendidamente antipolítico que tiene el apoyo ideológico del Tea Party español, un think tank turboliberal llamado El Club de los Viernes donde participan líderes del partido VOX y que contiene miembros que defienden medidas tan reaccionarias como un IRPF de tipo único. En Andalucía se está formando otra plataforma similar que ya tiene contactos con la plataforma asturiana. Como este sentimiento se extienda a otras comunidades vamos a tener un fuerte escollo para defender la progresividad fiscal y la financiación de los servicios públicos.

Desde que se inició el debate sobre el Impuesto de Sucesiones, quienes lo defendemos nos quedamos contra las cuerdas en el primer asalto. Y lo único que hemos sacado en limpio de todo esto, por desgracia, es que “cuñaos” no sólo los hay de derechas. Por más que duela reconocerlo, también los hay de izquierdas. Si se quieren cambiar las tornas en este debate, las organizaciones progresistas tienen que plantear un propuesta fiscal coherente y fundamentada, sobre la base de un sistema tributario progresivo que sirva para la reasignación de rentas según el principio de cada cual según su capacidad y a cada cual según su necesidad. Pero antes de nada, empecemos a asumir la responsabilidad de hablar con claridad para ver con cuántos miembros contamos realmente.

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